3 de junio de 2010

La sombra fraterna - Guillermo Enrique Hudson

La sombra fraterna

Ruben Loza Aguerrebere
Sólo un hombre sin corazón podría arrasar los lugares donde pasó la feliz infancia. Lejos, no hizo más que evocarla. Y resulta difícil entonces no hallar placer en un libro como este, "El Ombú y otros cuentos" (Arca), que ha retornado. Hablo de Guillermo Enrique Hudson.
Lo editó en 1902, cuando se había alejado para siempre de aquí, pero hay mucho de nosotros, como el relato "Historia de un overo", que figuraba en la primera edición de "La tierra purpúrea" y al que ahora reubica con los auténticos nombres, como lo hiciera notar en una carta el coronel T. E. Lawrence (es decir, Lawrence de Arabia) al escritor Garnett. No éramos tan desconocidos, al parecer, para aquellos hombres.
También tenemos aquí la primera descripción del juego del "pato" y la mirada de una yerra, entre otras situaciones que del distante ayer.
"Mi verdadera vida concluyó cuando dejé las pampas". Estas palabras son el sostén de su notable obra literaria y científica. Una obra tan vigorosa que (según Martínez Estrada) lo emparenta a Tolstoi y Goethe. Por ello es muy bienvenida esta edición de "El Ombú".
Sus padres, nacidos en los Estados Unidos, se casaron en Boston y vivieron en la Argentina. En 1833 se instalaron en un pequeño campo y criaron ovejas. Allí nació Hudson el 4 de agosto de 1841. De niño le seducían los pájaros, los árboles, los montes, y hacía largas cabalgatas.
Este naturalista del Plata recorrió minuciosamente también la Banda Oriental y en ella ambientó "La tierra purpúrea", a la que Borges definió rotundamente así: "uno de los pocos libros felices que nos han deparado los siglos".
Hudson se fue a Inglaterra en 1874. Se casó con Emily Wingrave, una mujer bondadosa y aficionada al canto, mayor que él. Juntos pasaron días de eterna pobreza: ella dando clases de canto y él escribiendo artículos para las revistas inglesas. Y sus libros sobre pájaros y sobre los hombres de por aquí.
No fue admirado por el gran público, aunque sí por los escritores de su tiempo: Hemingway y Pound entre ellos. Fue amigo de Ford Maddox Ford, Hilaire Belloc y de Thomas Hardy.
Y Joseph Conrad dijo de Hudson: "Es delicioso, absolutamente individual. Es como si un fino y suave espíritu estuviera soplándole las frases que pone en el papel".
No menos importante que su obra literaria, es su labor como naturalista. Descubrió nuevas especies y sus libros, que se encuentran en el Museo Británico, altamente valorados por la crítica inglesa.
Volviendo a "El Ombú y otros cuentos", digamos que abunda en momentos de serena y ruda belleza.
Por algo, a la puesta del sol, Hudson solía preguntarse: "¿Qué querrá decir esto?". Seguramente pensando en ello, Borges repetía esta memorable frase del propio Hudson: emprendió el estudio de la metafísica pero siempre lo interrumpió la felicidad.
Murió veinte años después de aparecido este libro que hoy les invitamos a leer. Tenía 81 años. Su epitafio, que es justo, dice: "Amó los pájaros y los lugares verdes y el viento de los matorrales y vio el resplandor de la aureola de Dios".