7 de noviembre de 2010

Jefferson vs. Hamilton - el interior vs el puerto version USA

Carlos Alberto Montaner
http://www.firmaspress.com/articulos/carlos-alberto-montaner/otra-vez-jefferson-contra-hamilton

La nota pintoresca de estas elecciones norteamericanas la dieron los organizadores de los "tea party", unos entusiastas conservadores que se dicen defensores de la tradición política de los "padres fundadores". ¿Lo son?

Sí, pero hasta cierto punto. Los padres fundadores no tenían una visión única de las funciones del Estado. A partir de las últimas décadas del siglo XVIII, federalistas y antifederalistas se enfrentaron vigorosamente en un debate que llega hasta nuestros días y que entonces contó con dos de las cabezas más brillantes de la época: Alexander Hamilton y Thomas Jefferson. Existe, pues, un tea party que hoy asociamos a los republicanos, pero muy bien pudiera haber otro de carácter demócrata.

Hamilton, aunque de origen humilde, desarrolló una cosmovisión urbana y sofisticada, y fue designado como Secretario del Tesoro por George Washington, quien lo tenía como el intelectual más destacado de su gabinete. Defendía la necesidad de un gobierno central fuerte que estimulara el comercio y la industria.

Puso en marcha un banco central federal para esparcir el crédito, dado que la Constitución no lo prohibía, y propuso tarifas proteccionistas para desarrollar el aparato productivo nacional encareciendo las importaciones.

Desde nuestra perspectiva contemporánea, Hamilton era un intervencionista que podía ser declarado santo patrón del actual Partido Demócrata.

Jefferson, en cambio, desconfiaba de un gobierno central fuerte, mientras postulaba la idea de una república virtuosa, sometida al control de la sociedad y sostenida por pequeños agricultores. Pensaba que era mejor distribuir el poder entre los Estados y las entidades locales para proteger los derechos individuales del riesgo de la tiranía, su mayor terror.

Para Jefferson, los límites de la legalidad eran muy claros: el gobierno sólo podía hacer lo que la ley ordenaba; la sociedad, en cambio, podía hacer todo lo que la ley no prohibía. Jefferson, con toda justicia, podía ser el ángel guardián de los republicanos de hoy.

De manera imprevista, la querella entre estos dos estadistas se acalló momentáneamente por un violento suceso: Aaron Burr, vicepresidente de Jefferson, mató a Hamilton en un duelo a pistola, tarea que no era nada fácil, dado que el famoso economista se había batido antes en veintiuna oportunidades.

Es interesantísimo cómo los elementos esenciales de aquella polémica entre Hamilton y Jefferson conservan gran parte de su vigor original. Los republicanos, al menos teóricamente, aunque luego lo desmienten cuando ocupan la Casa Blanca, abogan por gobiernos pequeños, menos impuestos, gasto limitado y cierto aislacionismo en política exterior.

Los demócratas, en cambio, suelen decantarse por una enérgica acción pública, mayor presión fiscal encaminada a una redistribución de la riqueza y, a veces, por cierta vocación intervencionista en política exterior que emana de la optimista convicción de que el gobierno federal es capaz de moldear la realidad a su antojo.

Esta vez ganó Jefferson. ¿Por cuánto tiempo? ¿Dos, cuatro, ocho años? Hamilton, en algún momento, recobrará el favor popular, pero sólo para perderlo después de cierto tiempo.

Hace más de dos siglos estos dos gigantes le dieron sentido y forma a la República creando, de paso, el mecanismo dialéctico que animaría permanentemente el debate sobre los objetivos nacionales y el modo de alcanzarlos. Todavía está vivo.

Hay algo muy hermoso en esa extraordinaria vitalidad.

1 comments:

Anónimo dijo...

“That government is best which governs the least, because its people discipline themselves,” Thomas Jefferson